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sábado, 30 de abril de 2016

CONDENADOS A SER LIBRES

“Si Dios ha muerto, todo está permitido”, decía Jean-Paul Sartre parafraseando a Dostoievski. Es posible, que Dios haya muerto, que sólo haya dios y también que todo esté permitido. Pero sólo me parece indiscutible lo último. Por eso hay que inventar.

Que todo esté permitido significa que estamos condenados a ser libres, aporía a la altura de aquella socrática: “Sólo sé que no sé nada”. Ambas van más allá de la literalidad y son esos combustibles del pensamiento que aguijonean nuestro yo.

Les digo a mis estudiantes que reparen en el alcance de la expresión. Naturalmente, a mí me evoca más a Nietzsche que al ruso autor de la frase. Nietzsche fue el abanderado de la libertad: la llevó bajo el frío y la nieve e iba desnudo, así le fue.

Estamos condenados, no hay más remedio, nos hicieron así. O no nos hicieron y es sólo una combinación genética tan caprichosa como desconcertante.

Porque ser libre es que no haya nada determinado, nada escrito. Ser libre es exponerse al invierno en el páramo y a la incertidumbre. Es no estar nunca seguro más que del hecho de que nos toca decidir, sopesar, deliberar. No hay instrucciones para la vida.

Ya sé que hay muchos elementos que nos condicionan. Pero eso no significa que la libertad deje de existir, al contrario: el condicionamiento es condición de la libertad, sustrato. Podemos elegir porque tenemos entre qué elegir. El indeterminismo absoluto es el del asno de Buridán, que finalmente muere de hambre por falta de criterio.

Condenados a ser libres. Imposible renunciar, imposible ceder en esto: libres incluso para hacer ese ejercicio de malabarismo intelectual y moral: optar por no ser libres, decidir libremente no ser libre, lo que apuntala el hecho programático de la libertad y niega su contrario como imposible.

La libertad es lo posible en el seno de lo improbable. Es la posibilidad de negar donde casi todos afirman. Es el triunfo de la voluntad frente al rebaño. Es utilizar la biología como manual o software y no como un juego en el que vamos a perder como en un casino amañado en el que siempre gana la banca.

viernes, 22 de abril de 2016

SALVAR A LOS HIJOS DE SUS PADRES

Estuve hace poco en una conferencia de Savater. Siempre me gusta, siempre es chispeante. No obstante, me pareció de poca chicha, hubiera agradecido más enjundia y menos anécdota.

Han pasado unos días y sigo dando vueltas a algo que dijo: los padres no tienen un derecho absoluto sobre la vida y la educación de los hijos. Es más, dijo allí, una de las funciones de la educación es salvar a los hijos de sus padres. Confieso que me sorprendió por su claridad y por lo revolucionario.

Ahora que estamos de liquidación, podemos recordar el circo que se montó a costa de la Educación para la Ciudadanía. Uno de los argumentos era precisamente ése: ¿quién es la escuela para adoctrinar, qué se ha creído, que puede sustituir a los padres en la tarea de enseñar valores? Pues bien, estoy con Savater: la familia es la primera instancia educativa, pero en absoluto la única. Es más, ojalá fuera cierto eso de que las familias educan, porque cuando menos es discutible y parcial, no siempre.

Seamos justos. En mi condición de profesor he visto y hablado con muchos padres. Decir que todo es culpa de los padres es una idiotez tan grande como culpar a la televisión, a internet, al profesorado, a la sociedad o al Rayo Vallecano. Por partes. Hay padres que te entregan a sus hijos para que completes lo que ellos han hecho muy bien: vienen estudiantes a estudiar (qué raro, ¿no?), piden las cosas por favor, dan las gracias, reclaman la nota con educación si ha lugar y reciben la calificación con humildad. Acaban sus estudios y han aprendido lo que el sistema educativo puede enseñarles. Colaboramos entre todos, es un éxito. Cuando recibo a estos padres es un placer, nos escuchamos, aprendo de ellos, constato que la tierra no produce sola, les felicito por su tarea.

Un segundo grupo son los padres invisibles. No vienen a las reuniones, nunca piden una entrevista. Hasta ahí nada que objetar. Lo malo es cuando necesitas hablar con ellos: no responden al teléfono, o los citas y no acuden ni explican su ausencia. Si por fin se consigue contactar con ellos su actitud es de ausencia, su hijo es algo que está por ahí, lo matriculan y ya veremos al final. Son padres engendradores y poco más. Negligentes y pusilánimes. Educar es una actividad que no les compete. Alguien les ha dicho, y lo repiten, que educar es lo que hace la escuela y ellos tan contentos.

Un tercer grupo es el de los especialistas. Son padres muy preocupados, tanto que consideran que deben estar una semana sí y otra también en el centro escolar, entrevistándose con todos los profesores, escribiendo por el correo interno y exigiendo una atención individualizada a su hijo. Esos padres no tienen reparos en decir a los profesores lo que deben hacer, porque lo hacen mal, claro está…

Soy persona más educada en directo que en el blog. Alguna vez siento deseos de citarles a Labordeta y pedirles que hagan bien su trabajo de padres, que no consiste en justificar lo injustificable, pues apoyar al hijo no es apuntalar sus caprichos ni creer lo que dice sin contrastarlo.

Pienso, cuando por fin se van, que yo tengo un problema este curso, pero a ese señor o señora se les ha instalado un pequeño tirano en casa (lo han instalado ellos mismos), y no van a reconocer errores, sino a culpar a otros. Alguna vez he intentado decírselo, sin éxito.

Este curso llevo varios así. E incluso un intento de denuncia colectiva… que acabó pidiendo disculpas. Todo sería más fácil si hubiera preguntado antes en lugar de creer las palabras del niño que, naturalmente, atribuye sus problemas a que todo el mundo le tiene manía. Angelito.

Vuelvo a Savater. Muchos de esos muchachos (los que tienen padres del segundo y tercer grupo) necesitan ser salvados de sus padres. Porque han errado en la dirección, porque han enfocado mal lo de la educación emocional, porque no han entendido bien a Rousseau, porque no han asumido que los derechos comportan deberes, que antes de hablar hay que escuchar y que la ignorancia es lo más atrevida.

Llevo unos años diciendo que la educación es contrafáctica. No incluyo ahí a los padres, a todos los padres, pero sí a ciertos padres, a esos padres.

Hace una semana tuve la última entrevista con dos de ellos: nunca he visto personas tan educadas ni atentas. Naturalmente, su hija es un clon. Les dije al final que, si la echaban de casa, yo la adoptaba. A esos estudiantes no hay que salvarlos de sus padres, estoy por llamar a Savater y explicárselo. 

A algunos estudiantes hay que salvarlos de sus profesores. Pero ésa es otra historia.

viernes, 15 de abril de 2016

LA PROCRASTINACIÓN


Leí hace unos días un artículo sobre la procrastinación. Adjunto el enlace al final. En él hay, a su vez, otro link a una charla al respecto, interesante, muy divertido.

Se lo he enviado a algunos amigos y a todos mis alumnos.  De éstos sólo uno de 165 ha respondido para dar las gracias. De los amigos receptores (16), únicamente tres. Todos ellos para decirme más o menos que se sentían reflejados, que son militantes de la cosa.

Yo no soy procrastinador. Odio el diletantismo y la duda permanente. Soy algo perezoso, claro que sí, como todo el mundo. Por algo es uno de los pecados capitales. Pero el procrastinador es aquél que no puede o no sabe salir de ahí, el que obtiene recompensa del presente y no planifica con efectividad las acciones del futuro próximo o lejano.

El procrastinador lo es en sí y para otros. Si viviera solo en el mundo, ningún problema, pero suele arrastrar al futuro indefinido  a sus alrededores cuando es urgente efectuar reparaciones, suele aplazar las compras a la espera de pensarlo mejor, suele posponer las decisiones importantes. No es fácil vivir con él: el tiempo nos alcanza, los plazos vencen, la vida nos pasa por encima. Y aquí no hay aplazamiento: nadie dice me moriré mañana, no cuando los médicos me dicen, sino el próximo año, después de las vacaciones, si eso ya veremos…

Con el ansioso las cosas no son más fáciles. Viven en el mañana. Cuando hay que salir de casa están en la puerta con el abrigo puesto diez minutos antes de que los demás nos levantemos del sillón. Hacen la comida de hoy, de mañana y del mes que viene. Tienen los regalos de Navidad comprados desde agosto  (hay que aprovechar las rebajas). Para el ansioso no existe el presente continuo sino el futuro anticipado.

Mezclarlos es explosivo. Dos en la misma familia es una bomba de relojería. En una pareja, divorcio a medio plazo. En familia política, bronca permanente.

Aristóteles tenía razón: el justo punto medio. Lo malo es que no sabemos exactamente en qué consiste tal cosa. Pues el pasado ya no existe, el futuro aún no existe y el presente… ¿cuánto dura el presente?, ¿unos segundos, hoy, esta semana?

Empiezo a tener una crisis de ansiedad. Mejor lo pienso mañana. O pasado.




viernes, 8 de abril de 2016

CUANDO EL SILENCIO ENTRA POR LA PUERTA EL AMOR SALE POR LA VENTANA. SI ES QUE AÚN ESTÁ AHÍ

Las palabras son bichos a veces molestos, pero necesarios. Con ellas nos amamos, nos buscamos, nos herimos, nos podemos llegar a quebrar.

Pero el silencio puede hacer cosas parecidas. O peores.

Silencios hay de muchos tipos. Hay parejas que necesitan el silencio para quererse. Normalmente es la experiencia y la vida juntos, su mutuo conocimiento, lo que les ofrece este regalo. Dos personas que son pareja salen del cine, se miran  y cada uno sabe lo que está pensando el otro, el brillo de los ojos, la posición de los labios…; no hace falta hablar.

Esas dos personas, en casa, disfrutan del atardecer tras los cristales, del crepitar del fuego o de los sonidos domésticos. Se miran a los ojos y se desean sin palabras, algo que tiene sus raíces en el instinto, pero sus ramas en el conocimiento.

Sin embargo, esos silencios tan fértiles pueden convertirse en páramos en los que sopla un viento que corta hasta las palabras que ya no pueden pronunciarse. Cuando entre tu pareja y tú únicamente hay silencio sin brillo en los ojos, sin sonrisa, sin comodidad, algo está pasando. Algo grave.

Un síntoma inequívoco es que la pareja no parece coincidir nunca a la hora de ir a la cama. Siempre hay uno que finge querer ver en la tele ese programa que no quiere ver, que tiene que preparar algo para el trabajo que es perfectamente aplazable…; vamos, que no quiere acostarse a la vez. La cama, entonces, no es un campo de batalla sexual, ni siquiera un campo de batalla, sino el escenario de una derrota; sólo hay tristeza, un tiempo y un silencio que se expanden y ocupan las sábanas. No hay nada que decirse: el silencio ha ganado. Y pesa.

Uno de ambos, alguna vez, intenta con torpes palabras, cambiar las cosas. Es difícil. Lo intenta con torpes besos, con torpes caricias. No hay manera: el primer damnificado del fracaso afectivo (o de su sospecha) es la vida sexual. Parece imposible, ¿cómo pudo ser esto alguna vez, cómo pudimos jadear, reírnos hasta temer despertar a los vecinos? Ahora, ese inquietante huésped llamado silencio se ha instalado y no va a marcharse.


Cuando salgo por las noches me gusta mirar a la gente. Algunas parejas se quieren, eso se nota (en su silencio o en sus palabras hay la misma música); pero otras son terribles, están a menos de un metro, sus manos evitan rozarse o lo hacen con costumbre y sin pasión; sus ojos huyen, arriba y abajo, a todos lados, menos a los ojos del otro. O a su cuerpo, que alguna vez hicieron objeto de deseo y provocación. Pienso que les quedan dos telediarios, que podrán fingir una prórroga, una segunda oportunidad, pero el silencio es demasiado grande, tiene consistencia, casi puede escucharse, cualquiera lo haría.

https://www.youtube.com/watch?v=kHxPPwNySzw&nohtml5=False


sábado, 2 de abril de 2016

LA FRUSTRACIÓN

Hacer algo en vano, eso es la frustración. Lo podríamos ilustrar con un muro que deseamos saltar, aunque es demasiado alto. Pese a ello, queremos franquearlo, creemos que tenemos derecho a contemplar lo que hay más allá. Pero no hay manera.

El muro es la imagen de la dificultad insuperable. Veamos varios ejemplos: esa persona que queremos y no nos quiere; ese examen que no aprobamos, pese a que lo hemos hecho (creemos) muy bien; ese trabajo de nuestros sueños que se acaba llevando el que (creemos) es más incapaz que nosotros.

Hay quien piensa que la insistencia da sus frutos, que un whatsapp tras otro rendirán la fortaleza de la persona amada, olvidando que los seres humanos no somos castillos, sino complejos sistemas de afectos. Pero qué frustrante es, qué doloroso.

Buena parte de los estudiantes, desde el colegio, el instituto, la facultad, las oposiciones, lo que sea, (pre)juzgan que sus exámenes son siempre buenos, y que no aprobar sólo indica que el profesor les tiene manía, que les pregunta cada vez lo único que no se saben o que la conjunción astral entre Júpiter y Venus se conjuraba contra ellos.

El ascenso laboral parece complacerse en recaer sobre los menos capacitados, los pelotas, los amigos o familiares del jefe, los que preparan su promoción con actividad horizontal. Por eso, dicen algunos, yo no consigo ese trabajo, ese puesto superior. Siempre hay una razón -si no la hay se inventa- que no me obligue pensar qué es lo que estoy haciendo mal.

Echar balones fuera o culpar a los demás es tranquilizador para la conciencia. Pero tiene poca verdad y menos utilidad.  Sólo un análisis detenido de nosotros mismos nos instalará en la realidad. Es cierto que la mala suerte existe, también que hay trepas y circunstancias difíciles. Pero ¿siempre?

Suele decirse que la frustración es educativa. Niños sobreprotegidos derivan en jóvenes tiranos que no saben hacer frente a las dificultades. Cada vez que algo no sale como querían o se trauman o se rebotan. Más académicamente: o bien depresión y ansiedad o bien salidas más o menos violentas. Pero ninguna solución.

Al llegar a la edad adulta, los primeros veinte, la treintena, esos jóvenes no son capaces de hacer frente a los problemas de la vida. Todo les es debido, tienen derechos, nunca deberes. A ellos les parece exigible traspasar el muro, derribarlo si es preciso, aunque no hayan hecho el más elemental curso de alpinismo o albañilería; no están dispuestos ni siquiera a dar un pequeño rodeo: el caso es que se lo den hecho, pues es lo que se les debe.

¿Pero quién se lo debe? ¿Y por qué?  Harían bien en examinar sus capacidades, la legitimidad de sus deseos y el tiempo que les va a tomar conseguir traspasar el muro.

Serán más felices, realmente felices. O sea, razonablemente felices: ellos y los que los viven alrededor.


https://www.youtube.com/watch?v=KuzqwEyylio